Carlos, el jardinero, llegó puntual con la idea de arreglar el riego en el parque de la cabaña, trabajo muy necesario, ahora que la huerta ya está sembrada y las rosas resplandecen, ávidas de  agua y alimento.

Lo acompañamos, mi esposo y yo a hacer el relevamiento de las tareas pendientes,  y evaluar los acoples que se iban a necesitar para unas nuevas líneas de riego. Carlos había desparramado en el pasto todo el contenido de la caja de artículos afines, y pensaba cómo adaptar los acoples existentes, ya que la cabaña se encuentra distante de zonas urbanas donde realizar ese tipo de compras.

Él y mi marido intercambiaron varias ideas, tomándose el tiempo para dejar que las propuestas surgieran sin apuro.

Mientras escuchaba,  mi mente, pronta para saltar a la solución, ya había resuelto que era mejor “ocupar” a Carlos en otras tareas, y traer lo necesario para arreglar el riego en otra oportunidad. Observé cómo desfilaban por mi mente algunos pensamientos preocupados por “aprovechar el tiempo” y noté un  apuro ansioso  empujando  en  mi cuerpo.

Observar sin hacer, tiene su premio.  Al tiempo que todo eso pasaba por mi mente y mi cuerpo, también era consciente que en aquella conversación estaba ocurriendo un intercambio muy relevante. Carlos y mi esposo estaban tomándose el tiempo de conectar, de generar un clima de trabajo en el que las ganas de colaborar pudieran sostenerse.

Luego de un buen rato, todos coincidimos en que mi marido iría al pueblo a comprar lo necesario para arreglar el riego, mientras Carlos y yo nos ocuparíamos de cortar unas  ramas bajas de algunos árboles que estaban obstruyendo el crecimiento del cerco de Cotoneaster y Coronitas de novia.

Me gusta mucho el ritmo que se va generando cuando venimos a la chacra. Poco a poco, mi mente  va entrando en el ritmo más lento de los gestos hechos con cuidado. Los gestos de ir a buscar la escalera, preparar la motosierra y las tijeras de podar, y la pequeña caminata conversada hasta llegar a los árboles que íbamos a podar.

La sensación que va tomando cuerpo es que,   el resultado de la tarea, es igual de importante que la manera de hacerla.

Mientras sentía que eso estaba ocurriendo, me daba cuenta que ya no estaba apurada, se había instalado un acuerdo no pronunciado, que ahora yo quería mantener,  disfrutar de lo que estábamos haciendo.

En ese clima, si se presentan problemas, uno puede hacer tiempo para encontrar las soluciones, y entonces el problema ya es menos problema y se convierte en un desafío compartido e interesante.

Mientras podaba las ramas más pequeñas, aparecieron algunos recuerdos  de mi infancia en la escuela. Los problemas de matemática eran algo que intentaba “sacarme de encima”, mientras que las redacciones eran siempre un desafío interesante. Seguramente se vuelva claro para ustedes porqué no elegí ser contadora, y estoy disfrutando ahora de escribir estas líneas…

También recordé algunos comentarios de pacientes, atenazados por las empresas en que trabajan por exigencias de logros y resultados, en un ambiente hostil. No es de extrañar que los resultados sean esquivos, si las personas no encuentran las condiciones para que surjan los genuinos deseos de colaborar.

Hice un alto en la tarea, y me senté a las sombra de los aromos en flor.

Reconocí las veces en que yo también he trabajado en desequilibrio, exigiéndome a mí misma como si yo fuera mi propia esclava, o exigiendo a otros, sin  conciencia del clima infeliz que estaba creando.

Es verdad que algunas veces las personas tenemos poco margen de libertad para elegir cómo trabajamos. Pero también es cierto, que muchas veces no reconocemos las ventanas de oportunidad en las que  podríamos elegir acciones que nos permitan suavizar el estrés, cuidarnos, pausar. Así nos privamos de enriquecernos y aportar a la tarea y al ambiente  laboral  en el que estamos tantas horas al día. La mayoría de las veces es porque no sabemos cómo hacerlo, no hemos aprendido las herramientas necesarias.

Mientras Carlos se llevaba las ramas al quemadero, con su modo amable, y su disposición a colaborar, me sentí muy agradecida.  Nuestro  jardinero es un gran maestro de vida.

Quedaba por delante una jornada llena de trabajo, sudor, sol, serenidad y alegría.

Otra forma de trabajar, es posible.

Margarita Ungo